Texto y fotos: José Luis Ruperto (That boy is Ruperto)

Es un sábado 16 de mayo, son las 12 del día y se siente cómo el sol quema la piel. A las afueras del metro Constitución de 1917, este no es un día más; sobre la calzada Ermita Iztapalapa se puede ver una marea arcoíris. Drag queens, familias, colectivos y aliados aguardan el banderazo de salida de la 11.ª Marcha por la lucha de los derechos de las poblaciones LGBTIQAPNB+ Iztapalapa 2026.
Mientras los claxons de los autos se mezclan con la música a todo volumen, grupos de amigos se reúnen, algunas personas terminan de arreglar su outfit y varios fotógrafos toman registros del suceso. “¡Se ve, se siente, la diversidad está presente! ¡Se ve, se siente, Iztapalapa está presente!”.
“¡3, 2, 1, Iztapalapa!”, se escuchó a las 12:15 y, con ello, el banderazo de salida. El Museo Yancuic fue un testigo mudo del avance de la marcha con sus carros alegóricos decorados con globos de colores, sombrillas y banderas de la interseccionalidad, arcoíris, trans y lésbicas ondeando. Aquí la fiesta no es un lujo corporativo, es una trinchera. “Toda infancia tiene derecho a que respeten su identidad y orientación sexual”, dice una pancarta de una manifestante.

Caminar entre el contingente es fundirse en el calor con las lentejuelas, el glitter y las plumas; es ser comunidad. Aquí el orgullo de las disidencias sexuales y de género se apropió de lo cotidiano para hacerlo algo extraordinario. En cada esquina la marcha regala postales que en otras circunstancias serían imposibles: una drag queen posando con su brillante vestido de lentejuelas azules frente a un puesto de piñatas u otra draga en unos vertiginosos zapatos de tacón mostrando su mejor pose bajo un letrero que indica cómo llegar a la Central de Abastos. Imágenes llenas de poder, de visibilidad. En la periferia el glitter no compite con la identidad popular; se funde con ella.

Mientras el contingente avanzaba, se abría paso una camioneta minivan decorada con una lona. Venía desde Chimalhuacán y era del Comité Organizador del Pride de ese municipio del Estado de México. Eso es muy significativo porque significa que Iztapalapa no marcha sola: se convierte en el punto de encuentro donde las disidencias de la periferia se dan la mano, demostrando así que el oriente de la ciudad resiste bajo una misma identidad y un abrazo colectivo que borra cualquier frontera.

Al pasar por la Estación de Bomberos Comandante Jesús Blanquel Corona, la marcha regala una imagen que parece arrancada de una fábula urbana. Mientras unos bomberos observan el paso del arcoíris, una drag queen emerge de la multitud y se dirige hacia ellos para bailar. En ese baile fugaz, frente al edificio frío de la estación, los uniformes y el glitter se funden en un momento de respeto y celebración pura.
La marea no es solo de tul y lentejuelas; más adelante el contingente Leather Mx se abría paso sobre la calzada Ermita, demostrando que el cuero negro también es una bandera de orgullo. Vestidos con arneses y botas que resonaban sobre el asfalto caliente, este grupo sacó el fetiche de la clandestinidad para integrarlo al sol del barrio. Verlos saludar a las familias y marchar fue una lección de desmitificación. En Iztapalapa, los prejuicios se caen a pedazos.
A las 2:29 de la tarde, la marcha llega al primer cuadro de la alcaldía Iztapalapa. Para este punto el contingente ya está en la recta final, el sol ha hecho estragos en los maquillajes y en las energías colectivas. El sudor se mezcla con el polvo de las calles. Pero es aquí donde la logística comunitaria muestra su lado más humano: gente del comité organizador comenzó a distribuir sueros entre los asistentes para ganarle la batalla a la deshidratación. Recibir uno de esos es reparador, y es un recordatorio de que en el barrio la lucha también es un ejercicio de ternura colectiva: nadie se queda atrás. ¡A las 2:47 llegamos a la explanada de la alcaldía!

Sigue el momento más solemne: la lectura del pliego petitorio. Destaca la petición de un espacio comunitario seguro y digno para personas LGBT+ —con mayor énfasis en personas adultas mayores— para su acceso a atención psicológica y emocional, así como actividades culturales y recreativas, acompañamiento jurídico y social, atención médica preventiva y redes comunitarias. Luego viene la fiesta y las razones de estar aquí.
La cámara captura el primer retrato: Angie, de Iztapalapa; en su rostro lleva un colorido maquillaje que es coronado por un tocado con estrellas. Lleva en su pecho la palabra “Pride”. “El día de hoy puedo decir que nunca hay que sentir miedo por demostrar quiénes somos, hacer lo que amamos, pero sobre todo hay que buscar el progreso”.

En el segundo retrato, Nieve de Limón, de Iztapalapa: “Sigan haciendo este tipo de eventos para descentralizar este tipo de cosas, porque la comunidad viene de todos lados”.

En las periferias los prejuicios se caen a pedazos al ritmo de las consignas. Mi cámara capturó esa transformación en el tercer retrato con Gerardo, del grupo Leather MX, de Ciudad de México: “Sigamos luchando por conservar los derechos que tenemos y exigir más. No vamos lejos: en Estados Unidos ya tenemos compañeros de la comunidad leather de Texas y de California que ya perdieron muchos de sus derechos. De hecho, en California y en Texas ya está prohibido salir en atuendo o en atuendo trans”.

Gerardo marcha con el cuero negro, recordando que la resistencia es global ante la amenaza de perder derechos conquistados.
La tarde comienza a caer en la alcaldía, aún hay algunas presentaciones musicales en la explanada principal. Los rostros capturados en los retratos de esta jornada se diluyen entre la multitud que busca el metro o algún otro transporte para volver a casa. Se van con los pies adoloridos y el corazón encendido. La marcha de Iztapalapa ha concluido, pero la red de complicidades está tejida. En el oriente de la ciudad, la resistencia se escribe con glitter sobre el asfalto.




