De la avenida Peñón a la cabecera municipal: recorro paso a paso el Pride Chimalhuacán 2026, una jornada histórica donde el afecto, la visibilidad y las voces de la comunidad reescriben la identidad del municipio.
Texto y fotos: José Luis Ruperto (That Boy is Ruperto)
El monumental Guerrero Chimalli, con sus 60 metros de altura y 600 toneladas de acero que custodian la entrada a Chimalhuacán, es diseñado originalmente como un símbolo de defensa y combate. Sin embargo, este sábado, la imponente estructura no atestigua un enfrentamiento, sino una transformación radical de su propio significado: a sus pies, abanicos, pancartas e identidades disidentes se reúnen para demostrar que en el “lugar de los que tienen escudos”, el orgullo LGBTTTIQA+ es hoy la armadura más potente.
El coloso de acero de Chimalhuacán atestigua la concentración de manifestantes antes de tomar las avenidas del municipio.
Es sábado 20 de junio y el habitual paisaje gris del oriente, enmarcado por los cerros habitados y el polvo de las avenidas en constante autoconstrucción, se rompe con los colores del arcoíris. El Pride Chimalhuacán 2026 toma por completo el pulso de la vida cotidiana local.
El recibimiento en el asfalto mexiquense tiene su sello de ingenio local: la sustitución del tradicional toro mecánico de feria por un falo gigante que desafía las miradas conservadoras. Esa estampa, entre el chusco juego popular y la provocación disidente, marca el tono de lo que está por venir: una fiesta comunitaria que no pide permiso para celebrar la corporalidad en todas sus formas.
A unos metros de la irreverencia visual, una carpa funciona como trinchera estética. Para quienes llegan desprovistos de color, por cincuenta pesos pueden hacerse un maquillaje llamativo. En este contexto, el acto de hacer trazos de arcoíris o estrellas representa algo más que un adorno: es una suerte de ritual de pertenencia para alistarse antes de salir a disputar las calles.
Alas desplegadas y matices que desafían la monotonía del asfalto: el cuerpo transformado en poema gráfico y trinchera de fantasía en el corazón de Chimalhuacán.
“¡Vámonos a los carros!” y, al unísono, “¡No que no, sí que sí, ya volvimos a salir!”, se escucha desde el templete principal y con ello se da el banderazo de salida. Banderas bisexuales, gays, lesbianas, no binarias e inclusivas se comienzan a agitar en el aire; la energía suspendida en el ambiente se libera. El contingente avanza con júbilo, reclamando de inmediato el asfalto de la avenida Peñón. El viaje hacia la cabecera municipal comienza.
Son cerca de la 1:30 de la tarde cuando el bloque finalmente se pone en marcha. El asfalto chimalhuaquense devuelve el rigor del sol y el piso se siente realmente caliente bajo los pies, obligando a mantener un paso constante; sin embargo, el viento del oriente sopla por momentos para refrescar la andanza y dar un respiro a la multitud. Abriendo el camino, en la vanguardia, una bandera trans y arcoíris gigante luce portentosa. Sujetada por los brazos de varias personas que avanzan al mismo paso, la tela se eleva con la brisa, flotando sobre las cabezas como un escudo colectivo que abre paso a la disidencia a través de la avenida.
Hay una belleza extraña en ver cómo se subvierte la rutina de la periferia. Las avenidas que sostienen el ir y venir diario de los mototaxis y el flujo masivo de trabajadoras y trabajadores que se desplazan a la capital, cambian su dinámica habitual por una marea de color y música. El rugido del motor cotidiano se sustituye por el ambiente festivo de una comunidad que decide que sus calles no solo sirven para el tránsito del cansancio, sino también para el despliegue del gozo y la dignidad colectiva.
Estilos, contrastes y corporalidades diversas avanzando juntas: cuando el asfalto del tránsito cotidiano se transforma en una pasarela de libertad colectiva.
Me detengo un momento. A paso lento sobre la avenida, una plataforma automotora me llama la atención: tiene un forro color fucsia que destella con el sol. Coronando la plataforma, entre torres de bocinas que hacen vibrar la calle y guirnaldas de flores amarillas, una escultura de caballo blanco con crines rosadas lidera el paso, mientras jóvenes bailan y ondean banderas no binarias.
A lo largo de la ruta, la infraestructura gris se convierte en andamio de la comunidad LGBTTTIQA+. Al pasar por el tramo conocido como “Embarcadero Viejo”, flanqueado por un Cinemex y una Bodega Aurrerá, el puente peatonal ubicado enfrente —una estructura de concreto marcada por el paso del tiempo, grafitis y anuncios vecinales— se transforma en el mirador propio de la marcha. Desde el descanso de las escaleras, un joven desafía la gravedad y la monotonía urbana para ondear una monumental bandera arcoíris. Ver el lienzo multicolor flotar con fuerza frente al cielo nublado, mientras los transeúntes detienen su andar en las rampas, convierte al puente en un monumento improvisado a la visibilidad que arranca el aplauso de los manifestantes, quienes hacen sonar sus abanicos al unísono.
Sobre el concreto marcado por el tiempo, la bandera arcoíris flota frente al cielo mexiquense como un faro que desafía la rutina del asfalto.
Es justamente ahí abajo, al abrigo de ese estruendo festivo y al ras del asfalto, donde la potencia de la marcha se traduce en lo íntimo. Entre el mosaico de personalidades, la movilización pone de manifiesto gestos de ternura subversiva. Dos jóvenes de estética marcadamente urbana —aquella que encarna la identidad más pura de las calles del oriente del Estado de México— caminan entrelazando sus manos sin reservas. Ver esa demostración explícita de afecto entre masculinidades de barrio, en un entorno donde históricamente la rudeza es la norma de supervivencia, es quizás uno de los recordatorios más potentes de la jornada: en Chimalhuacán, aprender a quererse sin miedo también es una forma de trinchera.
Caminar juntos, quererse sin miedo: la ternura irrumpiendo a paso firme entre las avenidas del oriente del Estado de México.
El reloj marca ya las 2:35 de la tarde cuando la columna se detiene por un instante, justo frente a un local de pollos rostizados, en la esquina de Avenida Peñón y Cozamaloc. Bajo la mirada atenta e indescifrable de los transeúntes que observan desde las aceras, las y los manifestantes unifican la garganta en una sola exigencia: “¡Derechos iguales para todas las diversidades!”. Con el eco de la consigna aún flotando en el aire, el contingente dobla para adentrarse en la avenida Cozamaloc. El terreno exige atención; el pavimento irregular de la calle presenta un enorme bache, pero la empatía del bloque se activa de inmediato: “¡Tengan cuidado con el hoyo!”, resuena un grito de alerta que se replica de boca en boca. El aviso funciona como un resorte y la masa se abre de forma orgánica, sorteando el obstáculo con ligereza mientras las combis del transporte público pasan a escasos centímetros.
Al llegar al cruce con la avenida Juárez, en el Barrio Xochitenco, el reloj de la caminata empieza a pasar factura y el cansancio ya se nota en el andar del contingente; sin embargo, la marcha no cede. En este tramo, el paisaje habitual de la calle se transforma por completo: decenas de hileras de papel picado multicolor cruzan la calle de lado a lado, tejiendo un techo festivo suspendido entre los postes y los cables de luz.
Mientras avanzan bajo este manto artesanal, flanqueando los comercios locales cuyos locatarios salen a mirar con curiosidad; hay reacciones divididas, mientras algunas personas aplauden, otras ponen un semblante serio. La fatiga física se disipa cuando las voces se unifican en una consigna rítmica y dolorosa que retumba en las fachadas: “¡Señor, señora, no sea indiferente, se mata a las trans en la cara de la gente!”. El reclamo, potenciado por el sonido de los abanicos, tiñe el ambiente de un orgullo solidario.
Un manto festivo de papel picado tejiendo refugio y comunidad en medio de la marcha.
Con los pies cansados tras más de una hora de andanza, entre las filas del contingente empieza a circular la inevitable pregunta: “¿Cuánto falta?”. La respuesta no llega con palabras, sino con un inesperado gesto de hospitalidad popular. En medio del sofocante calor, una vecina saca una mesa a la banqueta, justo afuera de una tienda, y comienza a repartir cervezas frías a quienes marchan. Con una sonrisa muy cálida y sincera dibujada en el rostro, ofrece cada trago como un bálsamo contra el cansancio. Este acto, más allá de mitigar la sed, se convierte en un profundo lazo de camaradería: una mano aliada que, desde la cotidianidad de su acera, decide acuerpar la movilización y recordarle a la diversidad sexual y de género que en las calles del barrio no camina sola.
El avance continúa desplazándose a través de la avenida Morelos, listo para tomar la avenida Nezahualcóyotl y encarar el tramo final hacia la cabecera municipal. Al frente del contingente, marcando el paso con un porte imponente, marcha Roxana Henares, reina trans de Chimalhuacán. Luce un vestido rojo vibrante y unos tacones altos de plataforma peep-toe con pulsera al tobillo que sostienen su andar firme sobre el asfalto; el destello de sus aretes brillantes y el resplandor de su corona elevan la estampa. Sosteniendo un altavoz con fuerza, su voz quiebra el ambiente al gritar una consigna que retumba en toda la avenida: “¡Aquí está la resistencia trans!”.
Por fin el contingente desemboca en el primer cuadro del municipio. Al pisar la plaza principal, las banderas de la diversidad vuelven a reagruparse en una sola marea multicolor. Frente a nosotros se erige el escenario principal, que recibe a la multitud entre aplausos y un clamor estridente que retumba en las paredes de la cabecera municipal: “¡Trabajo sexual, orgullo nacional!”. Tras horas de marcha bajo el sol, la sombra de los árboles del centro se convierte en un refugio colectivo. Entre el batir de abanicos que buscan refrescar el rostro y las sonrisas de desahogo, el bloque se dispone a descansar después de una jornada repleta de escenas de dignidad.
Banderas desplegadas al pie de la historia local: al abrazo colectivo que transforma la plaza en espacio de memoria.
Sin embargo, la fiesta en la cabecera municipal guarda también un espacio sagrado para el silencio y la memoria. Luego de un rato de música y convivio, las colectivas y organizadores toman el micrófono no para celebrar, sino para hacer una pausa solemne. La alegría cede el paso a un nombramiento amoroso: recordar a las y los compañeros que ya no están, a quienes la violencia o la falta de derechos les arrebataron la vida antes de ver este día. Nombrarles en el corazón de Chimalhuacán no es solo un acto de nostalgia, es la certeza de que esta marcha se sostiene sobre los hombros y el legado de sus luchas.
Entre el gentío que busca refugio bajo la sombra, Jimena, vecina de la zona, me cuenta lo que la motiva a participar en la marcha:
“Lo que me motivó a participar en la marcha es salir adelante en mi género, y no detenerme por nadie”.
Junto a ella, Brenda me platica una experiencia muy personal:
“Yo salí del clóset como hace un año (…) quiero decirles a todos que no deben sentirse mal por su orientación y por su identidad de género y que sean libres y felices, que no les importe lo que nadie diga”.
Jimena y Brenda sostienen en lo alto una verdad luminosa: la certeza de que el amor habita en las almas y de que la libertad conquistada es el único camino posible.
Sin que la música dé tregua en el templete principal, entre la multitud destaca la figura de Brandon. Con un potente e impecable maquillaje rojo de Drag King que le da vida a Astromeliart, su rostro se convierte en un lienzo de arte y protesta. Él, que ha crecido en Chimalhuacán y conoce de cerca las calles de su municipio, contempla el evento con una mezcla de orgullo y complicidad. Entre el bullicio de la celebración, me regala una reflexión profunda sobre lo que implica habitar la diversidad y el arte drag en el territorio que lo vio crecer:
“Lo que me motivó a venir a la marcha es hacer visible que el solo hecho de tener gustos diferentes no nos hace distintos a los demás; al contrario, nos hace iguales. Que te guste un chico o una chica no define quiénes somos ni cómo vamos a ser en esta vida; al final de cuentas, todas y todos somos personas”.
Astromeliart: la fuerza del arte corporal como manifiesto de resistencia e identidad en plena cabecera municipal.
Tras recorrer kilómetros de asfalto bajo el sol inclemente del oriente, mis pies registran la que es, sin duda, la marcha más larga que he caminado. Sin embargo, el cansancio físico se vuelve insignificante frente a lo que esta jornada deja a su paso. Recorrer estas avenidas a pie, entre el papel picado, el abrigo de una cerveza fría compartida en la acera y la dignidad invencible de la resistencia trans, me permite conocer un Chimalhuacán que trasciende por completo cualquier estigma de violencia o abandono.
Aquí en la periferia, donde la cotidianidad suele ser dura, la diversidad no solo reclama su espacio: florece, cuida de los suyos y transforma el territorio en un abrazo colectivo. La marcha termina en la plaza, pero la certeza se queda para siempre: este municipio no es el prejuicio que otros cuentan desde lejos, sino la valentía y el orgullo con que su gente decide caminarlo.




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